No toda idea gobierna
los actos que cree gobernar;
pero que gobierna actos:
sin duda.
Cómo transformar,
me decía hoy más temprano,
la conciencia represora en conciencia constructora.
En ese tren absurdo, estaba.
Cuando todo se vuelve parametrizable, me decía,
mensurable,
insistí,
la conciencia castra.
Es decir,
me dije,
cuando cada segundo tiene su valoración
acorde a parámetros fijos
–establecidos en la superficie rugosa y plegada de la conciencia-,
la vida se torna agotadora,
invivible,
concluí.
Y afirmar esto, ponerlo por escrito,
necesita de un empujón
para que pase de gesto
que acaba por asentar
con más fuerza
aquello de lo que quiere distanciarse
a un acto libre, incluso de sí mismo.
(Incluso de «mí mismo», entiendo.)
(Hubo un problema de sintaxis.)
