Joven argentino
si tienes entre veintisiete
y treintainueve años
posiblemente
estés experimentando
un choque.
Ni los Reyes, ni el conejo,
ni ratón, ni Navidad.
Ahora nos enteramos
de que además, también,
los muertos son los padres.

Inmersos en ese estupor
esa sorpresa al descubrir
a compañeritos de banco
que ahora son presidentes
de quién sabe qué Corporación,
periodistas en no sé qué medio
o narradoras canonizadas en Frankfurt,
puede confundírsete y sucede
que embrollás la edificación
del discurso sobre el presente
(que a la larga serán las palabras
sobre este momento histórico),
ese decir, con la hipocresía,
con una perorata a medida.
Pero no necesariamente
es así. No.
Joven que vas perdiendo tu juventud,
experimentás esto con mil angustias:
constantemente tus idealizaciones
sobre la Historia, Sociedad y Cultura
chocan, se dan de bruces
con el acontecer
histórico (que ya las remoldea,
destruye y reconstruye,
o simplemente las reproduce).

La confusión viene porque desconocemos
los avatares de las sólidas construcciones
de nuestras idealizaciones. Repetilo.
(Nada es auténtico
si no logra imponerse
como tal,
porque nada es puro.)
Los muertos son los padres.
Por estar asistiendo
a la edificación
de la Historia estás
despierto, lúcido
como nunca jamás
antes.
Los muertos son los padres.
Siempre es la primera vez
para todos los que estamos
perdiendo la juventud.
Los muertos son los padres.
Por eso estudiar Historia,
joven argentino, nos calma,
porque comprendemos las tramas intrincadas
que finalmente se resuelven
en ideas establecidas
(horribles o no, no es el punto)
y así vemos que lo que en un principio
parecía falso, artificioso, hasta hipócrita
(ese no le llega ni a los talones a aquel padre)
es en realidad, sin más,
la forma de acontecer del mundo,
de construirse y destruirse todo el tiempo,
su arte de hacerse otra vez y otra.
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